Hay algo más de 7 mil millones de seres humanos en La Tierra. Y la cifra sigue aumentando. Llegará un punto en el que, como lo dijo Gabriel García Marqués, “no cabremos en este mundo”. Y no hay otro al que nos podamos mudar.

El desproporcionado crecimiento demográfico del planeta, junto con el desarrollo capitalista e industrial han desmejorado exponencialmente las condiciones de vida. Además, el daño que se le ha hecho al medio ambiente también es bastante. Un panorama desolador y uno de los síntomas de ese desastre es el hambre.

De acuerdo con el Programa Mundial de alimentos, el hambre es el problema de salud pública más delicada del mundo. “Alrededor de 795 millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra. La gran mayoría de personas que padecen hambre en el mundo viven en países en desarrollo, donde el 12.9% de la población presenta desnutrición”, dice un informe presentado en 2016 por la organización.

Si bien aún hay fallas delicadas en lo que respecta al tratamiento de tan delicado flagelo, organizaciones, países, personas y científicos han aunado esfuerzos para, si no evitar del todo que la gente muera por falta de alimentos, sí, por lo menos, generar mecanismos para que se disminuyan las consecuencias. Y en ello la ciencia ha tenido mucho que ver.

En un estudio publicado por la revista National Geographic, se aborda la posibilidad de cómo, especialmente la biotecnología podría suministrar las herramientas necesarias para, hasta cierto nivel, garantizar la subsistencia de la humanidad.

“Durante gran parte del siglo XX la humanidad se las arregló para salir vencedora en la carrera malthusiana entre el crecimiento demográfico y el suministro de alimentos. ¿Seguiremos llevando las de ganar en el siglo XXI? o ¿Seremos víctimas de una catástrofe de escala planetaria?  La ONU predice que en 2050 la población mundial habrá sumado más de 2.000 millones de personas.

La mitad de ellas nacerán en el África subsahariana, otro 30%, en el sur y sudeste de Asia. Precisamente son estas las regiones donde se prevé que sean más virulentos los efectos del cambio climático: sequías, olas de calor, meteorología extrema en general”, dice el estudio.

A ese cambio se le llama Revolución verde. La lógica de dicha revolución es que, a partir de procesos, sobretodo genéticos, es posible modificar las plantas para que sean resistentes a las plagas y al clima y den mejores productos.

“Sin embargo, antes de que tan funestos augurios se hiciesen realidad, la revolución verde transformó la agricultura mundial, en especial los cultivos del trigo y el arroz. Con procedimien­tos de selección artificial, el biólogo estadounidense Norman Borlaug obtuvo una variedad enana de trigo que invertía la mayor parte de la energía en generar un grano comestible en lugar de tallos largos no aptos para el consumo. El resultado: más grano por hectárea. En la misma línea, el Instituto Internacional de Investigación sobre el Arroz (IRRI) de Filipinas mejoró espectacularmente la productividad del cereal que alimenta a casi la mitad de la humanidad”, explica el estudio.

Pero no todo es color de rosa. El eje de esta tecnología son los cultivos genéticamente modificados (OGM) o transgénico. Argumentado infinidad de desventajas, de enfermedades, de daños al medio ambiente, se han alzado miles de voces de protesta contra los OGM. Greanpeace, por ejemplo, dice que “el desarrollo de enfermedades, la desaparición de insectos, la toxicidad de nuestras aguas y tierras, la deforestación, la contribución al cambio climático… Hay demasiadas consecuencias negativas tras el uso de la agricultura industrial y los transgénicos.

Más allá de las disputas entre detractores y los defensores, y de las álgidas discusiones que se dan en torno a los OGM, dice el estudio de National Geographic que la biotecnología sí podría ser una solución posible para los problemas de alimentación del mundo, pero no hay que desconocer las fallas del método. La ciencia y la tecnología no son perfectas.

«La elección está clara –dijo Hans Herren, también galardonado con el Premio Mundial de la Alimentación y director de Biovision, una ONG suiza–. Necesitamos un sistema agrícola que tenga mucho más en cuenta el entorno y los recursos ecológicos. Tenemos que cambiar el paradigma de la revolución verde. La agricultura de alto consumo de recursos no tiene futuro”.

¿Salvarán los OGM al mundo del hambre? Puede que sí. La tecnología bien usada, sin duda reduciría problemas como plagas, resistencia al clima, uso de pesticidas. Pero cuando esa tecnología se degrada, y más que ponerse en función del bienestar común, se pone en función del lucro, pues ya no será útil sino para unos pocos. Y otros, que no son pocos, se seguirán muriendo de hambre.