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domingo, noviembre 28, 2021

“Desaparecidos: los que nunca mueren” es un trabajo que busca relatar la manera en la que viven miles de personas que anhelan volver a ver a esos seres queridos que en un momento de la vida desaparecieron, algunos de manera violenta y otros sin dejar ni una sola huella.

Por una Navidad junto a su hijo

 

“Uno se cree que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón”.

Cada vez que el profesor Rafael Mora escucha “Aquellas pequeñas cosas” del artista español Joan Manuel Serrat, no puede contener las lágrimas. Y no es para menos: a este docente le sobran motivos para estar triste.

Desde hace 13 años, Mora espera impaciente el regreso de su hijo Juan Camilo, desaparecido el 19 de enero del 2006 en el barrio Santa Cecilia, de Bogotá. Su anhelo de volverlo a ver ha sido tal que lo ha soñado volviendo a casa, todavía de 27, con la misma sonrisa que lo caracterizaba.

Para sobrellevar esos días tristes, Mora se sostiene de su esposa Myriam Torres, quien constantemente le da fuerza para que continúe luchando por descubrir la verdad sobre la desaparición de su hijo, así casi siempre encuentre una negativa por parte de las autoridades.

Desde que Juan Camilo no está, a Rafael le causa sentimiento ver completo un partido de Santa Fe. Su hijo amaba al fútbol y los momentos más felices que pasaron juntos fue al lado del televisor, sufriendo o celebrando cada partido de los leones.

Aunque el camino no ha sido fácil, Rafael y Myriam continúan buscando a su hijo, esperando que esta sea la última Navidad y Año Nuevo que pasen sin ver el rostro de Juan Camilo.


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La huella de los que renacieron del barro

El 13 de noviembre de 1985 quedó marcado por la erupción del Nevado del Ruiz que le cambió la vida a miles de familias en el municipio de Armero en el Tolima, por cuenta de las toneladas de metros cúbicos de tierra y lava, acompañados de árboles, casas, carros y todo lo que estuviera a su paso. Son 34 años en los que muchas madres esperan con ansias a sus hijos desaparecidos en aquella avalancha que acabó con la denominada ciudad blanca de Colombia.  

Claudia Ramírez se despidió, el fin de semana anterior a la trágica fecha, de su hijo Andrés Felipe de seis años, quien vivía en la casa de sus abuelos. Por cuestiones de oficio, Claudia estaba radicada en la capital del país para ese entonces.

Aquella noche del 13 de noviembre de 1985, la angustia se apoderó de ella. La poca información que había sobre una supuesta avalancha en Armero era mínima, motivo que la llevó a viajar de urgencia a este municipio.  Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que su vida tomaba un giro repentino, esta vez, con la tristeza de no encontrar a sus padres y con la zozobra de sentir que había perdido a la luz de ojos: Andrés Felipe. 

En el amanecer del 14 de noviembre de 1985, Claudia pudo dimensionar desde lo alto de la carretera que la situación era de grandes proporciones y que el espesor del aire hacía sentir que lo que existía semanas atrás había desaparecido completamente. Era una verdadera aplanadora lo que había acabado con la vida de más de 20.000 personas. 

Pasaban los meses y cogían cada vez más fuerza  el rumor de que cientos de niños que salieron vivos de esta tragedia fueron aparentemente  adoptados de manera ilegal en diferentes partes de Colombia y el mundo. 

Las pruebas para muchas madres aparecieron con el pasar de los años, tal y como le pasó a Claudia, cuando décadas más tarde vio en un video de los noticieros de la época a su hijo con vida horas después de la avalancha. 

Tal vez muchos de estos niños  viven en otros lugares del mundo y seguramente aún no saben de dónde provienen, ni mucho menos de quiénes son  sus padres verdaderos. Lo que sí es cierto es que muchos renacieron del barro y dejaron esa huella que aún tiene en vilo a sus seres queridos.  

Han pasado más de tres décadas en las que Claudia se levanta todas las mañanas con la esperanza de que el día del reencuentro llegó, con la ilusión de que su tesoro más preciado vuelva a ella, esta vez ya no como un niño, sino como todo un hombre que ya debe ser.


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Nombres de flores para vidas marchitas

Cuando María Cristina Cobo desapareció, Paulina Mahecha se quiso morir. No era para menos, pues le habían arrebatado al amor su vida, al orgullo de la familia, a una de las enfermeras jefes más queridas y respetadas de San José del Guaviare, a una mujer valiente, que no dudó en abandonar la fría Bogotá a principios del 2000 y viajar más de 400 kilómetros para sumergirse en un territorio disputado por grupos armados organizados y así ayudar a quienes nada tenían que ver con la guerra. 

Ya han pasado 15 años desde que apagaron el sueño de Cristina. Más de una década en la que Paulina Mahecha no ha vuelto a sonreír, en la que el tiempo se detuvo y ya nada pudo volver a ser como antes. A María Cristina, que para la época de los hechos estaba embarazada, le quitaron el derecho a ver envejecer a su mamá, de acompañarla en su dura batalla contra el cáncer, de verla hecha una artista. 

Paulina Mahecha descubrió que tenía un don para las manualidades tiempo después de que desapareció su hija. Empezó a diseñar muñecas de trapo en tributo a las mujeres desaparecidas en el marco del conflicto armado en Colombia y encontró en este trabajo una forma de desahogar tanto dolor que le atrincheraba el alma. 

Cada una de estas obras de arte, que ahora dan vida a la exposición “Las Cristinas”, llevan el nombre de una flor y cuentan historias reales de mujeres campesinas víctimas de desaparición forzada. El propósito de Paulina es recorrer todo el país y, por qué no, el continente, llevando un mensaje de lucha y esperanza a través de sus muñecas de trapo.

Como terapia para sanar el dolor, Mahecha suele contar la historia de su hija María Cristina a estudiantes, colectivos y a todo aquel que quiera saber cómo se logra sobrevivir en medio de la desaparición forzada. 


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La lucha de una víctima por los que no han vuelto

La mayoría de las personas que conocen a Gustavo Quintero, Alto Consejero para los Derechos de las Víctimas, la Paz y la Reconciliación de la Alcaldía de Bogotá, no saben que sobre sus hombros carga una responsabilidad mayor a la de muchos servidores públicos. 

Además de ayudar a las víctimas del conflicto, que de por sí ya es un trabajo que requiere de  un compromiso diario, Quintero representa a su familia y sobre todo a su tía Cecilia, que desde hace años está buscando respuestas sobre su hijo desaparecido. 

La tía Cecilia es el orgullo de toda la familia, así como lo fue en su momento el primo Javier, a quien el resto de los Quintero ayudan a buscar sin importar que el sueño de encontrarlo, de compartir una Navidad con él, parezca a veces inalcanzable. 

Tanto es el cariño y la admiración que siente Gustavo hacia su tía y su primo desaparecido, que en el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, el pasado 30 de agosto, decidió escribir una carta para honrar la labor que hacen todas las Cecilias de este país que buscan desesperadamente a sus familiares desaparecidos. 

“El dolor que llevas dentro y la lucha que iniciaste desde el momento en que se llevaron a tu hijo lo llevo siempre en mi mente, me impulsa a dedicarles todos mis esfuerzos, a trabajar por las víctimas de este conflicto y a entender cada cosa, cada logro, cada cambio que, por pequeño que sea, sirve como bálsamo para darles un poco de alivio a todos los que, como tú, siguen buscando y esperan que algún día regrese su ser querido”. 

Este texto le sirvió a Gustavo como terapia para el dolor y también como la mejor forma de demostrarles a las víctimas de desaparición que quienes los representan son seres humanos de carne y hueso, que muchas veces también quieren dar respuestas a sus propias tragedias, pero la lucha es tan difícil que tampoco las encuentran para ellos. Y que pese a las dificultades sus esfuerzos y la búsqueda continúan, pues su batalla es permanente.


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