Antiguamente las mujeres lavaban en el pozo, ellas tenían que estar practicante arrodilladas para realizar este oficio junto a la quebrada San Juanito. Fue entonces cuando surgió la idea en Jorge Eliécer Gaitán de crear unos lavaderos comunitarios a los que ellas pudieran acudir.

Así fue como iniciaron los lavaderos de la fábrica de loza, y aunque el tiempo ha pasado, personas como Ubaldina Méndez, una vecina de la zona, sigue yendo a este lugar cada 15 días, porque para ella es una tradición que no desaparecerá.

La paradoja de esta historia, la protagoniza un personaje como Romilio Suárez de 64 años. Él es de profesión suboficial, pero también es prensista de lavandería. Plancha pantalones, chaquetas y camisas, y aunque cuenta con un lugar para lavar la ropa de una forma más moderna, él también acude a los lavaderos municipales, porque el acto de realizar esta tarea es una tradición que su madre le inculcó.

Actualmente, estos lavaderos son administrados por la Junta de Acción Comunal del barrio y para poder ir solamente hay que sacar un carné anual, pagar dos mil pesos mensuales y con esta cuota, abastecerse de agua para el baño y hasta para comer.