Pues si Gabo viviera, comprobaría con satisfacción que la palabra “vallenato” ya está en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, al ser aceptada por la RAE en una decisión que alegró a los amantes del género.

No hace mucho, el vallenato fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.  Inmaterial, porque hace sentir, nos recuerda vivir y nos une en un brindis o un abrazo.

Así pues, ya podemos diferenciar al ballenato, el hijo de la ballena, del vallenato, un sonido hijo del pueblo colombiano.

Tal vez la Unesco pensó en una preocupación común a los amantes más clásicos del género: el vallenato anda algo perdido. Perdido en las vanidades de los cantantes, en la algarabía de los seguidores y en el rechazo del país que lo vio nacer.  Hoy en día al vallenato lo sostienen los llamados clásicos. Pero, ¿qué pasará cuando esos que escuchamos clásicos ya nos estemos en la tierra para recordarlos?

Es necesario rescatar la esencia del vallenato. Volver a sus raíces y entender la evolución musical como una manera da potenciarlo para que siga convertido en el género musical rey de Colombia.

Y si, no vamos a negar que es el Rey. Ningún género musical creado en estas tierras ha llegado tan lejos como el vallenato y ninguno tiene la industria que este tiene.
Tiene una capital, bares a lo largo y ancho del país, cantantes de muchas regiones, festivales, sellos discográficos, etc. Toda una maquinaria cultural a su servicio y difusión.

Pero, ¿por qué el resentimiento actual que se percibe hacia el vallenato?

 El vallenato ha tenido una historia estrellada, como aquel barco que en inicios del siglo xx se estrelló en costas colombianas con un cargamento de acordeones cuyo destino final era Argentina. Pero el destino es así, caprichoso y terco para quedar en la historia. Y esa estrellada de ese barco cambió la historia de esta Colombia para siempre.

En principio, el vallenato fue un medio de comunicación. La tradición oral del Caribe colombiano se reforzó con un instrumento alemán que acompañaba esas razones que se necesitaban llevar de vereda a vereda.

 Creció. Creció tanto que los mandados se volvieron versos, los versos en canciones y las canciones se convertían a uno de los cuatro aíres del vallenato.

Es inevitable pensar que ese origen negro y humilde del vallenato es una de las causas del actual desdén que muchas partes de la sociedad colombiana sienten hacia él.

Las múltiples herencias españolas también nos dejaron marcados en el interior del país cierto desprecio y clasismo a aquello que no es “blanco y puro”, como si la música como arte pudiera ser algo en Colombia sin todo el aporte de la raza negra.

Y así va Colombia, negando aquello que puede hacerla más bella. No sólo le pasa al vallenato. El país va negando su historia, negando, negando y aparentando lo que no es. Pero ahí está el vallenato, soportando polémicas de cantantes, aguantando las críticas, sopesando las malas canciones para seguir en la historia como el género rey de Colombia y ahora una palabra oficial aceptada por la RAE. Ahora, para todos los colombianos vallenato siempre será música, no  un animal.

Gustavo Caraballo

Editor Digital