Por: María Fernanda Bohórquez 

Monos es el segundo largometraje de Alejandro Landes y la película de la cual todo el mundo habla (literalmente). Desde el Ficci en Cartagena, hasta el festival de Sundance en Utah y el Festival Internacional de Cine de Transilvania en Rumania, esta cinta ha encantado a todo tipo de públicos y críticos.

No es para menos, ya a acumula 13 reconocimientos internacionales y fue nominada por la Academia Colombiana de las Artes y Ciencias Cinematográficas para representar a nuestro país en los premios Óscar y en los Goya. Es la primera vez que Colombia postula un mismo filme para competir en ambos escenarios.

Pero, ¿qué la hace tan especial? Aquí le contamos. 

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Trama 

“Lejos de todo, ocho chicos cuidan de una rehén y una vaca lechera”, esa es la sinopsis de Monos. No promete mucho, por no decir nada. Sin embargo, la película resulta ser un juego salvaje, una lucha de supervivencia que desemboca en una serie de altercados siniestros, rebeldía y emociones a flor de piel. Todo causado precisamente por la rehén y la vaca lechera que parecen ser dos símbolos irrelevantes y obvios de una película independiente. 

Muchos pensarán que el largometraje retrata el conflicto armado, pero en realidad es una muestra preciosa de cómo dicha problemática social deshumaniza a las personas que hacen parte de la misma, hasta tal punto de cuestionar si son víctimas o victimarios. 

Los ocho jóvenes armados no son jóvenes, son animales, instintivos, siguen órdenes, se mueven en manada y no tienen corazón. Tienen miedo, pero no corazón. Seguro por eso se hacen llamar los monos, un algo entre humanos y animales. 

Actuación

Seguro es lo más impactante de Monos. Los diálogos son escasos, cortos y cortantes, pero son las desgarradoras expresiones de los personajes las que conmueven e impactan al espectador. 

Es increíble pensar que siete de los ocho jóvenes eran en aquel entonces actores naturales, es decir, sin ninguna experiencia profesional, y solo uno de ellos, Moisés Arias, había debutado en la pantalla chica y grande. Muchos lo recordarán por su papel en Hannah Montana, pero en esta producción no tiene nada de Rico Suave Jr. (especialmente por el “suave”).

Además, en el rodaje que duró tres meses, tenían entre 14 y 18 años, y se dedicaban a estudiar, arriar ganado, lijar mesas o cambiar llantas. Es impresionante la forma en la que Landes sacó tanta perversidad y salvajismo de unas inocentes miradas. ¡Eso se llama ser un excelente director! 

Asimismo, cabe destacar que las escenas no fueron nada fáciles de rodar. Cambios climáticos extremos, un entrenamiento militar y escenas de alto riesgo en el Río Samaná son situaciones por las que ni reconocidos actores de Hollywood han atravesado a la hora de interpretar a un personaje. Y los Monos, a tan corta edad, lo hicieron y lo hicieron sin dobles. 

Universalidad

Aunque la película fue rodada en Colombia, nunca ubican al espectador geográficamente. Solo se sabe que los hechos ocurren en un páramo y en una selva. A diferencia de muchos largometrajes, tampoco indican a qué grupo paramilitar pertenecen los jóvenes. No es el ELN, el Clan del Golfo ni Boko Haram, es “La Organización”.  Incluso, no sabemos si Rambo es hombre o mujer, pero eso no importa porque podemos ser todos. 

Así, cualquier persona, en cualquier continente, puede asumir que el conflicto es el que se vive en su territorio y fácilmente se puede identificar con tanta miseria humana.  Al final, la película parece cercana, como si hubiera sido rodada a pocos kilómetros de la casa del espectador. 

Música

Con poco diálogo y expresiones salvajes, la música es un componente indispensable en Monos. La cubana Lena Esequenzis y Mika Levi, nominada al Óscar por la banda sonora de “Jackie”, fueron las encargadas de dibujar el impactante paisaje sonoro de Landes. 

Aunque solo hay 22 minutos de música en los 111 que dura la producción, los sonidos entran fuerte, con propósito, para generar sensación de caos, miedo, amor, suspenso, y pasión. Y en los otros 89, el silencio se convierte en el actor principal para construir la tensión constante que cautiva al espectador. Una tensión y una calma que se ven interrumpidas por un un silbido, un golpe o una nota que detonan en un nuevo clímax. Porque si algo caracteriza a Monos son los picos de adrenalina. 

La banda sonora incluye desde sonidos muy modernos (melodías que escucharía en una discoteca europea), hasta unos muy primitivos y naturales como el soplo en una botella. Pero lo más atractivo es que cada personaje tiene una nota musical que lo identifica. Así, la llegada del Mensajero siempre va de la mano con un sonido muy agudo. Y cuando varios personajes interactúan, empieza un baile de todos los ruidos que componen una bella melodía.  

Fotografía

El Parque Nacional Natural Chingaza en Cundinamarca y el cañón del Río Samaná en Antioquia son los escenarios fílmicos de “Monos”. Dos locaciones recargadas de naturaleza, en la mitad de la nada, que permitieron la realización de tomas preciosas de una imponente montaña, nubes majestuosas, neblina que parece salir de la pantalla y colores fríos que complementan la soledad y las ruinas en la que viven los chicos. Todo, acompañado de un juego entre la luz y la oscuridad en la que las intensas llamas de fuego calientan las salas de cine. Bravo, Jasper Wolf. 

Las tomas en el agua tampoco se pueden quedar atrás. Provocan estrés y claustrofobia, y las muertes y peleas que ocurren en mitad de la corriente parecen tan reales que uno se pregunta si los Monos, fuera de la pantalla, siguen vivos o si fueron sacrificados sin piedad como la vaca lechera. Pero esto no sucede por arte de magia. Detrás del lente acuático estuvo Peter Zuccarini, cuyo nombre lo respaldan producciones como “Piratas del Caribe” y “La vida de Pi”. 

Conclusión 

Sí, es una obra maestra. Merece estar nominada por Colombia en los Óscar, merece ser seleccionada oficialmente por la Academia y merece traer el premio a casa porque al final del día mezcla el arte cinematográfico de “El Renacido” con el entretenimiento alternativo y comercial de “Green Book”. 

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