Dos palabras marcan la conmemoración del Jueves Santo que quedan, como lo ha manifestado el Papa Francisco, como herencia de Jesucristo antes de entregarse a su sacrificio salvador: amor y servicio.

Sobre las 4 de la tarde de este jueves, las comunidades católicas se reúnen a recordar la llamada “última cena”, en la cual Jesús y sus apóstoles están compartiendo. El Evangelio del día (Juan 13, 1-15 ) cuenta que en el transcurso de la comida Jesús se levantó de la mesa y tomó agua para lavarles los pies a sus amigos. Este era un gesto de amabilidad, pero reservado a la servidumbre y tenía como propósito causar bienestar a quienes llegaban a casa, después de recorrer caminos polvorientos.

Por eso, cuenta el Evangelio que cuando fue el turno de Pedro, no quería que “su señor” lo lavara. Y con ese gesto, como termina el relato bíblico queda la instrucción de convertirse en servidores unos de otros.

Una forma de seguir esa instrucción ha sido para la iglesia recordar en cada misa lo sucedido esa tarde en la última cena y por eso el Jueves Santo también conmemora la institución de la Eucaristía y la institución del Sacerdocio, dos de los siete signos de Jesús que recordamos en estos días como los sacramentos, y que sirven de base para el servicio que en la congregación como fieles presta la Iglesia Universal.

Esta es la razón para que temprano, cada obispo se reúna con sus sacerdotes y entre todos renueven sus promesas como sacerdotes, como servidores. Además, bendicen los óleos que van a utilizar en los sacramentos que requieren unción (son tres óleos: el de los catecúmenos, el santo crisma y el óleo de los enfermos).

Vea aquí la misa crismal que celebró el Papa Francisco este Jueves Santo.

Dice el mismo evangelista Juan, líneas delante del fragmento escogido para este 18 de abril, que terminada la cena y luego de anunciar la traición de Judas, Jesús entregó un nuevo mandamiento: amarse los unos a los otros (Juan 13: 31-35).

Así quedan completos los elementos que sirven de base para la reflexión y que enmarcan la ceremonia del día: con un templo lleno de flores, con un grupo de personas que hacen las veces de apóstoles para que el sacerdote les lave los pies, con cantos alusivos al mandamiento del amor, transcurre una celebración similar a la misa “normal”.

Las otras lecturas del día son el origen de la celebración de la Pascua Éxodo 12, 1-8. 11-14, el salmo 115 y el fragmento de la carta de Pablo a los Corintios que entrega su versión de lo sucedido en la última cena.

La especialidad de este Jueves Santo es que la Eucaristía es protagonista: quedan consagradas las hostias para quienes vayan a comulgar en esta ceremonia y en la del Viernes Santo. El viernes no hay consagración porque no hay Eucaristía, solo una liturgia para recordar la muerte del salvador. Por ese motivo, el jueves el altar se llena de copones que contienen las suficientes hostias para las dos ceremonias, pero más allá, al terminar la celebración, el sacerdote hace una procesión para llevar al Santísimo (Jesús Eucaristía) a un monumento diseñado para que permanezca expuesto al menos hasta la media noche.

Por eso la tradición popular vuelca a los creyentes a visitar varios monumentos a lo largo de la noche. En esa exposición está el recuerdo de cuanto sucedió luego de la última cena: la oración de Jesús en el huerto, la llegada de la turba que lo prendió y lo presentó ante las autoridades como un criminal hasta que ordenan que lo crucifiquen al día siguiente.

En términos sencillos, Jesús deja como herencia sus mensajes de amor y servicio, instituye el orden sacerdotal y la eucaristía, y queda preso a disposición de quienes definirán su suerte para cumplir con su misión como mesías.

Por: Javier Giraldo Acosta